18 de enero de 2017

Lü - El andariego




Los hombres sin hogar pasan su vida infantil y valiente, miserable y fuerte, sin someterse a nadie, dependientes tan solo del tiempo y las estaciones, sin objetivo alguno ante sus ojos, sin techo alguno sobre su cabeza, sin poseer nada y expuestos a todos los azares. Son los hijos de Adán, el expulsado del Paraíso, y hermanos de los animales inocentes. Hora tras hora, reciben de la mano del cielo lo que él les envía: sol, lluvia, niebla, nieve, calor y frío, bienestar y penurias; para ellos no existe el tiempo ni la historia ni el afán, ni ese extraño ídolo del desarrollo y del progreso en el que creen tan desesperadamente los que tienen casa. Un vagabundo puede ser delicado o tosco, hábil o torpe, valiente o medroso, pero, en el fondo, es siempre un niño, vive constantemente en el primer día, antes del comienzo de la historia del mundo, y se guía por unos pocos, sencillos impulsos y necesidades. Puede ser inteligente o corto de alcances. Puede tener un alma zahorí, que acierte a descubrir cuán quebradiza y pasajera es toda vida y en que manera pobre y angustiosa lleva todo ser su miajilla de sangre cálida a través del hielo del universo; o bien puede reducirse a obedecer infantil y ávidamente los mandatos de su pobre estómago; en todo caso, será siempre antagonista y enemigo mortal del hombre acomodado y sedentario, que le odia, desprecia y teme porque no quiere que se le recuerde la fugacidad de todo ser, el continuo declinar de toda vida, la muerte implacable y fría que llena el mundo en torno nuestro.

Hermann Hesse - Narciso y Goldmundo


10 de septiembre de 2016

Hesse y el I Ching




Hay libros que no se pueden leer, libros de lo sagrado y la sabiduría, en cuya compañía y atmósfera se puede vivir durante años sin leerlos nunca como se leen otros libros. Algunas partes de la Biblia pertenecen a estos libros y el Tao-te-king. Basta una frase de estos libros para llenarse durante mucho tiempo, para estar ocupado y empapado durante mucho tiempo. Se los tiene a mano o se los lleva en el bolsillo cuando se va al bosque, y nunca se leen durante horas enteras, sino que cada vez se extrae sólo una frase, una línea, para meditar, para erigir junto a todas las bagatelas del día, también las de la restante lectura, una y otra vez la medida de lo grande y sagrado.

Considero que es una suerte que a estos pocos libros se haya añadido uno nuevo. Es naturalmente, igual que los otros, un libro de edad remota, de miles de años, pero hasta ahora no existía el intento de una traducción alemana. Se llama «I Ching», el libro de las transformaciones, y es un antiquísimo libro de sabiduría y magia de los chinos. Podemos utilizarlo como libro de oráculos para obtener consejo en situaciones difíciles de la vida. También podemos amarlo y utilizarlo «únicamente» por su sabiduría. En este libro que nunca podré entender más que de una manera intuitiva y por algunos instantes, hay construido un sistema de analogías para todo el mundo, basado en ocho propiedades o imágenes de las cuales las dos primeras son el cielo y la tierra, el padre y la madre, la fuerza y la entrega. Estas ocho propiedades que están expresadas cada una por un signo sencillo, establecen combinaciones entre sí y dan lugar a 64 posibilidades, sobre las que se basa el oráculo. Preguntas al oráculo y obtienes por ejemplo la frase: «Verdad interior: cerdos y peces. ¡Salve! Es favorable atravesar el gran agua. Favorable es la perseverancia.» Sobre esto puedes meditar. Además existen comentarios.

Este libro de las transformaciones se encuentra desde hace medio año en mi dormitorio y nunca he leído más de una página seguida. Cuando se contempla una de las combinaciones de signos, se sumerge uno en Kian, lo creativo, en Sun, lo dulce: no es leer, tampoco es pensar, es como mirar el agua que corre o las nubes que pasan. Allí está escrito todo lo que se puede pensar y vivir.

Hermann Hesse